Drogodependencia:
La drogodependencia fue definida por la OMS como un síndrome manifestado por un patrón conductual donde el uso de una sustancia tiene más prioridad que otras conductas, lo cual lleva a establecer este trastorno como un impulso repetido a comprometerse en conductas poco productivas, una tensión creciente hasta que se realiza la conducta, y desaparición rápida de la tensión al realizarla.
La drogodependencia modifica a la persona que es víctima de este mal, se transforma, sufre y su vida se deteriora en todos los ámbitos.
El desarrollo filogenético y ontogenético del hombre ocupa un lugar importante en la explicación científica de las adicciones, unido al importante papel social y familiar.
La drogodependencia también llamada dependencia a sustancias psicoactivas es un tema serio que requiere la ayuda de un centro de desintoxicación, provoca la imperiosa necesidad que tiene una persona por consumir bebidas con contenido alcohólico u otra clase de drogas (marihuana, cocaína, Inhalantes, tranquilizantes, alucinógenos, etc.).
Esta necesidad no desaparece a pesar de que la persona consumidora sufra las consecuencias negativas producidas al momento o después de dejar de usarlas. Por norma general, la drogodependencia se trata más de una necesidad psicológica que física.
La adicción de la drogodependencia tiene cuatro puntos cardinales que son:
• Obsesión: En la que el individuo no piensa en otra cosa que no sean las drogas
• Consecuencias negativas: Lo que hace que una droga sea nociva es que la vuelve en contra de la misma persona y en contra de los demás.
• Falta de control: El tratar de controlar una conducta adictiva es casi imposible
• Negación: Los adictos niegan dos cosas que son: que pueden controlar la droga y que sus problemas se deben a las drogas.
La adicción es un factor que va mucho más allá de esta posición pues el entorno es muy determinante en ello.
La familia juega un importante y crucial papel en el desarrollo del proceso adictivo. Esta es el núcleo rector y propiciador de valores sociales, culturales y espirituales. El fortalecimiento de la familia en estos ámbitos produce individuos de elevados valores morales, adecuada autoestima y autenticidad de principios.
En muchos casos las familias de muchos adictos han perdido de vista el camino de sus adolescentes, han confundido las imágenes de libertad que estos deben tener con autonomías falsas ganadas en muchos casos de forma inescrupulosa, se han creído invulnerables, han transitados por los extremos de una misma cuerda: la excesiva autoridad o demasiada permisividad o tal vez han querido brindar amor y sus hijos sólo han recibido dinero. En muchos casos ha faltado la figura paterna por el resultado de una disfuncionabilidad que desde siempre hizo incompatible la unión de ambos cónyuges, también por desgracia el desmembramiento de la pareja por fallecimiento abrupto ha sido
Algunos viven en zonas donde existe disponibilidad de alguna droga, sus familiares no tienen bien establecidas normas sociales y en el barrio puede haber cierta permisividad ante la acción de los expendedores".
Una persona adicta no es un sujeto aislado es alguien que vive en sociedad y que deviene de una familia con determinadas referencias, es alguien que tiene todo un sistema de criterios, aptitudes y prácticas y que bien merece ser atendido no solo desde el punto de vista más elemental, por todos los cambios neurobiológicos que en estos sujetos se producen, sino tener una visión integradora que abarque lo social y su complejo mundo interior.
La droga es algo que afecta a la persona desde todos los puntos de vista, rompiendo su equilibrio bio-psico-social.
En particular, es importante acentuar las conductas de dependencia, la disminución de la conciencia y la alienación de la voluntad y de la libertad personales, que cualquier droga produce.
La vida del drogadicto está marcada por recorridos llenos de riesgos, obligada a reprimir los sentimientos incluso a las personas más queridas; tejidas de relaciones difíciles, a veces conflictuales, condicionada por la necesidad de manipular los sentimientos propios y de los demás; negando de manera vehemente la propia situación; con la incapacidad de recocer la necesidad que tiene de ser ayudado; con la pérdida de la autoestima y la amargura de una creciente desconfianza hacia todo lo que le rodea, encerrándose cada vez más en el círculo de su soledad.
La dificultad para recocer las propias necesidades básicas, como el sentido de pertenencia, el ser estimado, el ser amado, el darse un valor, el buscar y encontrar un sentido a la existencia, genera confusión para ejecutar comportamientos inadecuados. El drogadicto es incapaz de identificar las fuentes del placer, de la gratificación y de la felicidad. Es incapaz, además de orientarse por sí mismo entre los valores, las actitudes y los comportamientos que le proponen los abordajes terapéuticos que intentan curarlos.
No es una sola la causa que ha determinado el comportamiento del toxicómano. La adicción es una condición causada por muchos factores que interactúan entre sí y que se refuerzan recíprocamente. Es una enfermedad, pero es también un síntoma.
La drogadicción comporta un conjunto de síntomas que son reveladores de un drama angustioso que tiene que ver con el sentido mismo de la existencia, con la verdad del hombre, con su dignidad.
La droga representa una fuga con la cual se pretende llenar un vacío.
El hombre es un ser complejo por su carácter de "ser de valores" y de "ser de actitudes éticas". El hombre afirma su carácter absoluto como persona y su dignidad, en la realización del conjunto de sus valores.
El adicto presenta, en su esencia, un conflicto caracterológico definido por el enfrentamiento entre su conducta y sus valores. La adicción lo aparta de su ser un fin en sí mismo, para convertirlo en un instrumento, perdiendo su dignidad, su felicidad y su realización personal. La adicción le niega realizar los valores de una forma plena y completa.
Un adicto está en una lucha consigo mismo, en contradicción y tensión interna. Por un lado, su ser de valores, necesitado de trascendencia y sentido; por otro lado el sin sentido, la pérdida de valores y de virtudes, la insatisfacción y el vacío moral.
En las personas con la enfermedad de dependencia a sustancias químicas, las complicaciones físicas, el mal manejo de la mente y los desórdenes emocionales, van acompañados de manera similar de un deterioro espiritual y progresivo.
Según pasa el tiempo aparecen sentimientos de culpa, vergüenza y remordimientos; los sentimientos de autovaloración declinan. Como las relaciones significativas disminuyen o pierden calidad, el aislamiento social creciente los lleva al colapso espiritual. Al final sienten una intensa desesperación y desesperanza, llegando inclusive al suicidio.
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